Hubo una vez un Guajardo que gustaba de contar su vida en Interné. Ése era yo.

Por entonces en Chile habían dos computadores conectados al mundo, a lo más, y yo usaba uno.

Entonces tenía mi famosa web “En la Cabeza de Daniel Huep!”, donde publicaba mis cuentos y practicaba mis destrezas como diseñador amateur. Y llegó un día en que ya no tenía nada más que publicar, ya ni recuerdo exactamente cómo fue, así que me dio la locura espacial (que ma da cada tanto) y publiqué capítulo por capítulo la historia de mi vida hasta ese momento.

Nunca pensé que me produciría ruido en la azotea. O sea, no hubo problemas derivados, pero sí algunos disgustos. Por ejemplo mi padre leyó y no le gustaron ciertas interpretaciones de mis carencias y defectos de esa época, asociados a fallas suyas durante mi infancia. Por supuesto que si yo soy fallute y no es un problema fisiológico como la esquizofrenia, probablemente sea culpa de mis padres.

En fin, no le gustó la idea, y con el tiempo yo mismo he cambiado mi teoría, en la medida que he ido creciendo y volviéndome “adulto” (cachai que a los 27 años todavía no me siento un verdadero adulto, y no creo que sea malo, sino casi rebelde. Qué locas ideas que tengo a veces).

También publiqué mis frustraciones amorosas, que a ese momento sumaban 100%, y alguna amiga mencionada también me hizo algún comentario de disgusto.

Pero eso no fue nada. Con el pasar de los años mi página se hizo relativamente famosa (diez visitas a la semana, de gente que ni conocía, sin contar los cuentos que me llegaban de todas partes para que los publicara… era más que la recresta en esos años, y estoy hablando del siglo pasado). Me llegaban cartas de muchos lugares comentándome lo bakán que era mi página y mis cuentos y mi vida, pero luego se subieron por el chorro y el vaso que derramó el jarro fue un weón que me preguntó si ya había logrado tener sexo.

¿Y qué te importa, chuche…?

Así que ese mismo día bajé todo, el sitio completo, y chaolín a mis sueños de fama internacional.

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