Por poco nos traemos una deuda monumental de Buzios, mi mujer y yo. Un día antes de regresar a Chile caímos en la trampa de una captadora argentina que nos prometió siete días gratis en el Club La Mandrágora para cuatro personas.

Comenzó preguntando de dónde éramos y cuánto tiempo llevábamos allí. Todo muy amigable. Y cuando se cae en esa primera trampa, obligado por los buenos modales, ya no se puede salir de ella. Cada nueva pregunta trae un “wow!” y una bella sonrisa que lleva a una conversación que no deja tiempo para pensar ni dudar.

La captadora nos explicó lo del premio, debíamos participar en un concurso “interactivo” que consistía en decir tres números del 1 al 9, sumarlos y avanzar en una línea con círculos rojos y verdes tantos espacios como sumaran los números elegidos. Ésta es la segunda trampa, porque si el número suma par o impar, da lo mismo. La captadora te dice dónde partir (el primer espacio es un poco vago y podría confundirse con otra cosa). Así todos ganan, sin importar el número, siempre caeríamos en un círculo verde.

Acto seguido apareció un sujeto, también muy amable (aunque todos hablaban algo fuerte, no sé si sea parte del truco de hipnósis que practican con sus víctimas). Nos felicitó por ganar, explicó que éramos los últimos concursantes de la noche y que para cobrar nuestro premio debíamos hacer dos cosas: mostrar una tarjeta de crédito con el logotipo de Visa o Mastercard y pasar una hora en un tour fabuloso con bebidas gratis en el Club La Mandrágora, con el único objetivo de conocer el lugar donde pasaríamos una semana de ensueño.

Y ante esa única señal, la solicitud de una tarjeta de crédito, debieron sonarnos todas las alarmas, pero no ocurrió. Ya estábamos dentro de la estafa. Es tan simple, si no teníamos tarjeta, no les servíamos. Con la tarjeta, podían intentarlo y probablemente ganarse una suculenta comisión con nuestra deuda. En ese momento debíamos preguntarnos si intentarían vendernos algo. ¿Por qué continuamos allí? Dios, me da miedo lo fácil que nos engañaron esa noche.

Ya que no nos dimos cuenta entonces, todo lo demás nos pareció una maravilla. Nos llevaron en taxi de inmediato, de la manito, no fuera que nos escapáramos, siempre hablándonos en ese tono elevado y amigable. El captador que nos recibió en la Mandrágora nos hizo un tour repleto de maravillas, si hasta parecía que era nuestro mejor amigo. El lugar, para qué mentir, era fabuloso. Y la promesa de una semana allí nos tenía embobados.

No nos fijamos entonces, a pesar que lo veíamos con nuestros propios ojos, que nos estaban analizando, cuán crédulos éramos, cuál era nuestra capacidad de gasto, en qué medida mi mujer me sacaba de mi ostracismo y yo me abría a la posibilidad que esto no era una trampa. Llegué a considerar que estaba siendo injusto al sentir sospecha por tanta buena onda. Y tampoco nos dimos cuenta de oro detalle, si el captador en la plaza en el centro de Buzios dijo que éramos los últimos, ¿cómo es que seguían llegando parejas? Todos jóvenes, todos sonriendo, encandilados con el premio.

Cuando demostramos que éramos perfectos para el truco, contando chistes y felicitándonos de nuestra buena suerte, el captador preguntó cuánto habíamos gastado en este viaje que hicimos a Buzios. Ay, ahí sonó la alarma definitiva y con mi mujer comprendimos al unísono que todo esto no era otra cosa que un tongo, que más pronto que tarde nos harían firmar un pagaré por un tiempo compartido del que no disfrutaríamos jamás pero que pagaríamos íntegramente, para nuestra desgracia.

Continuamos con la farsa, pero para entonces nuestras caras ya demostraban el descontento y la desconfianza, cada respuesta demoraba más en llegar, el captador nos reguntó si teníamos hermanos, comentó que un hermano suyo había muerto, snif… ¿Qué pretendía?

Lo que nos querían vender era un tiempo compartido, una de esas estafas monstruosas que se amparan en concursos sin premio donde la gente va a que lo amedrenten al extremo que firman cualquier cosa sólo para poder irse de allí. El sujeto lo llamaba “seguro vacacional”, una manera de vacacionar una semana completa en cualquier parte del mundo, sólo pagando el pasaje y una cuota ridícula cercana a los doscientos dólares. Si nosotros nos ensartábamos con la Mandrágora, teníamos treinta semanas para usar allí y si queríamos, cambiarla por algún otro destino. Incluso podíamos venderlas, cáspitas, no perdíamos nada.

Incluso entonces sonaba fabuloso, pero ya no estábamos dispuestos a creer nada. Nos llevaron allí engañados y no salíamos dando patadas porque éramos educados. Por ser educados fue que caímos en la trampa. Y tan educados como somos, le dijimos a nuestro buen amigo el captador de idiotas, que nos íbamos, no estábamos cómodos, no íbamos a tomar una decisión de compra en esas condisiones y menos si nos habían llevado allí para canjear un premio que estaba condicionado al pago de una cuota mensual.

Antes de irnos, el sujeto nos lloró que se trataba de su sueldo, 45 reales por cada pareja de pajaritos despistados que caían. Putamadres, el pobre ya no tenía más recursos para retenernos. Al final nos dió nuestro premio, que consistía en una semana de estadía para cuatro personas en La Mandrágora, sujeta a disponibilidad, con caducidad en diciembre de 2009 y con una especie de firma sin identificar en la parte del que entrega el premio. Una mierda imposible de ser canjeada.

Así fue que perdimos dos horas de nuestra última noche en Buzios. Casi casi, tal vez ahora estaríamos con una deuda imposible de pagar y con unas vacaciones de lujo imposibles de canjear. Pero gracias a Dios nos dimos cuenta. Incluso llegamos a imaginar que los jugos que nos dieron tenían alguna droga, pero como no nos hizo efecto no seguimos pensando tragedias.

Ahora investigando en la Web descubrí que estos tipos en La Mandrágora forman parte del Grupo Piren. Son estafadores profesionales, sus planes de vacaciones son tan pencas que la única manera que tienen de venderlos es a través del engaño. Aquí un ejemplo y aquí otro. Están en todo nivel.

Si alguien va a algún destino vacacional y le aparecen estos captadores con concursos fantásticos, o si los llaman por teléfono, no crean, por último si son tan estúpidamente educados como nosotros, digan que están atrasados u ocupados o que ya no tienen ninguna tarjeta de crédito por deudas impagas, da lo mismo la excusa. Hay que salvar el pellejo como sea.


“Mi origen es mi destino” – Ningen Janai

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